La religión y el cine: un acercamiento a un tema escabroso y polémico

Escrito por el septiembre 15, 2016

SANTO DOMINGO. Luis Buñuel fue quien dijo: “Soy ateo, gracias a Dios”. La aparente contradicción no es tal. Su Viridiana fue inspirada a partir de la figura religiosa de santa Viridiana, y le costó que se prohibiera en España e Italia, a pesar de ganar La Palma de Oro de Cannes.

Las relaciones entre religión y séptimo arte son extensas e intensas. A veces demasiado intensas. Pero, sin dudas hay excelentes ejemplos de cómo tratar el tema. Recordemos filmes como Quo Vadis (1951), de Mervin LeRoy, basada en el famoso libro del polaco Henry Sienkiewicz, donde Peter Ustinov hizo un Nerón memorable; o Ghandi (1982), de Richard Attenborough con Ben Kingsley, vista en estreno mundial por quien suscribe, cuando duraba cinco horas en su versión original, en el festival Internacional del Cine de Moscú.

Recordemos El nombre de la Rosa (1986), de Jean Jacques Arnaud, basada en el libro de Umberto Eco, y protagonizada por Sean Connery; o El crimen del padre Amaro (2002), hasta la para mí más memorable de todas, La pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson con James Caviezel y Mónica Belluci, que con un presupuesto de US$30 millones, más unos US$50 millones que puso Gibson para la promoción, recaudó en taquillas en el mundo más de US$611 millones.

En el cine criollo
En el naciente cine dominicano (ya no es nonato, como lo llamé en un tiempo), comienza a aparecer una tendencia para mostrar de manera panfletaria el tema religioso. Sirvan estas líneas de reflexión sobre el fenómeno.

Una cosa es la obvia propaganda religiosa, como es Camino a Higüey (2016), producida por Larimar, y dirigida por Abi Alberto, que cumple su cometido con tremenda dignidad, gracias a lo auténticamente nacional que muestra, a esa visión equilibrada (donde habla hasta un ateo), y a casos realmente interesantes que plantea, a favor de una fe; y otra es traer por los pelos esta o aquella escena en un largometraje de ficción, donde cada idea, cada postulado tiene que estar refrendado no por frases o intenciones, sino por la acción.

En el mundo de hoy es muy difícil que una película donde lo religioso no sea orgánicamente artístico- pueda trascender mucho.

Escenas de marcada intención evangelizadoras son cada vez más usuales en el cine que se está haciendo en el país. Por ejemplo en La familia Reyna, ópera prima de Tito Rodríguez, pudo hacer mucho menos evidente el trasunto religioso dado desde la propia historia de los personajes. Sobraron escenas, hacia el final, de marcado acento religioso, que le quitaron fuerza a todo lo conseguido anteriormente a través de la propia historia.

En Flor de azúcar, de Fernando Báez, ocurre algo parecido, sobre todo en la escena de la Biblia y algún que otro parlamento.

En cambio, en el documental Caribbean fantasy, el tono en que está abordada la religiosidad, es llevado con creatividad, a un punto de exacerbación del personaje femenino, que le hace cobrar un real sentido de autenticidad artística.

El pueblo dominicano es un pueblo religioso -lo es también quien escribe estas líneas-, pero hay que cuidar que lo verdadera y sentidamente religioso no se convierta en pieza de mercado en busca de evangelización doctrinaria, no sustentada artísticamente, que a la larga -y a la corta- atentan contra el resultado final de una obra de arte y funcione como un boomerang.

“Se podría decir que allí donde la religión se hace artificiosa, está reservado al arte el salvar el núcleo sustancial, penetrando los símbolos míticos”Richard Wagnercompositor alemán (1813-1883)


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